Carta de ayer para hoy

Un buen mensaje en tiempos de tribulaciones (o no).

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Patricia Lanza
viernes, 31 de octubre de 2014

La siguiente carta, está atribuida Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de 1861 a 1865. La carta está fechada en 1830. Dado que Lincoln se casó en 1842 y su primer hijo nació con posterioridad a esa fecha, su autoría ha sido descartada.

Al parecer el origen real de la carta está en un sitio de profesores de Nueva Deli (India). Se trata, por tanto, de un caso de más de información falsa o tergiversada que tan fácilmente se encuentra en la Red.

Pero aunque no haya sido Lincoln el que la haya escrito, es evidente que se trata de un mensaje más que interesante y actual.

Un mensaje que resalta la importancia de la ecuanimidad y la capacidad para mantenerse en ese punto medio, la única que nos puede brindar una visión más objetiva de las cosas.

Un mensaje que invita a utilizar tanto la parte más racional e intelectual como la emocional. Algo, que hasta hace bien poco no se tenía en cuenta en la educación de los niños y que ha mostrado ser un aspecto clave para el éxito personal y laboral.

Un despliegue de inteligencia emocional que no sólo se debería aplicar en la educación de los niños, sino también en la de cualquier adulto porque nunca es tarde para cambiar y mejorar. Un buen mensaje para cualquiera, que podríamos pensar que se ha escrito especialmente para estos tiempos revueltos, pero que da fe que hay cosas que no cambian si no cambian las personas. Y las personas siempre podemos cambiar.

 

 

Querido profesor,


Mi hijo tiene que aprender que no todos los hombres son justos ni todos son veraces, pero dígale, por favor, que por cada villano hay un héroe, que por cada egoísta hay también un generoso.

También enséñele que por cada enemigo hay un amigo y que más vale una moneda ganada que una moneda encontrada. Quiero que aprenda a perder pero también a saber gozar de la victoria.

Apártelo de la envidia y dele a conocer la alegría profunda del contentamiento. Haga que aprecie la lectura de buenos libros sin que deje de entretenerse con los pájaros, las flores del campo y las maravillosas vistas de lagos y montañas.

Que aprenda a jugar sin violencia con sus amigos. Explíquele que vale más una derrota honrosa que una victoria vergonzosa. Enséñele a creer en sí mismo, aun cuando esté solo contra todos. Enséñele a tener fe en sus propias ideas, aun cuando alguien le diga que está equivocado.

Enséñele a ser amable con la gente amable y duro con los duros. Enséñele a no dejarse llevar por la multitud simplemente porque otros también se dejaron; que sea amante de los valores.

Enséñele a escuchar a todos, pero, a la hora de la verdad, a decidir por sí mismo. Enséñele a reír cuando estuviese triste y explíquele que a veces los hombres también lloran.

Enséñele a ignorar el aullido de las multitudes que reclaman sangre y a luchar solo contra todos, si él cree que tiene razón.

Trátelo bien pero no lo mime, porque sólo la prueba de fuego hace el buen acero. Déjelo tener el coraje de ser impaciente y la paciencia de ser valeroso.

Transmítale una fe sublime en el Creador y fe también en sí mismo, pues sólo así podrá tener fe en los hombres.

Ya sé que le estoy pidiendo mucho pero haga todo aquello que pueda.

 

 

Abraham Lincoln, 1830

 

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