Enfrentándonos a la ola

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Patricia Lanza
viernes, 10 de julio de 2015

En 1967 un grupo de estudiantes de Palo Alto, California, realizaron una pregunta a su profesor, Ron Jones.

Jones era considerado por todos un profesor innovador, y trabajaba en un instituto también innovador, en el que se fomentaba la participación de los alumnos y un aprendizaje más basado en la experimentación y las simulaciones que en las tradicionales clases magistrales. Así que ante la pregunta de sus alumnos, en lugar de darles una respuesta teórica, decidió llevar a cabo un experimento.

Lo que sucedió, como pasó en el caso de Zimbardo (ver post "El experimento de la cárcel de Stanford"), fue un ejemplo de cómo las cosas pueden írsete de las manos cuando se ponen en marcha mecanismos humanos muy básicos, pero que pocos reconocemos que existen y que prácticamente todos negamos en nosotros mismos. Lamentablemente, la explicación que subyace a este experimento ha sido probada en diversos experimentos sociológicos y es el reflejo de una respuesta básica del ser humano: su necesidad de pertenencia, que le lleva a hacer cualquier cosa para sentirse parte grupo.

Las condiciones del experimento eran sencillas: todo aquel que participara e hiciera lo que Jones les pidiera recibiría un sobresaliente. A partir de ahí, Jones creó la escenografía que se requería.

Empezó por cambiar él mismo. Un tipo considerado simpático y risueño por todo el mundo, modificó radicalmente su lenguaje no verbal, endureciendo su expresión, borrando de su cara su habitual sonrisa. También el aula cambió. Se eliminó la decoración y se colocaron los pupitres en filas perfectamente ordenadas, se oscureció la iluminación y se puso música de Wagner de fondo.

El siguiente paso fue explicar cómo funciona la disciplina, y las ventajas que conlleva. Por ejemplo, una postura erguida facilita la respiración y fomenta la concentración. Poco a poco el orden, los movimientos sincronizados... no sólo incrementaban la cohesión de grupo, sino que también fomentaban la competición y la distinción frente a "los otros", los que no formaban parte de la clase. Así, de un lema inicial "Fuerza mediante la disciplina" se fue pasando a "fuerza mediante la comunidad" el segundo día del experimento. Si trabajaban juntos y se ayudaban mutuamente, todos conseguirían el sobresaliente. Se crearon elementos distintivos para el grupo, que los diferenciaban de los que no pertenecían a él: escudos, saludos, carnés... Tenían su propio nombre: "la tercera ola".

Poco a poco la cosa fue evolucionando. Se crearon normas: un saludo específico para dentro y fuera del instituto, no se podían reunir en grupos grandes... Algunos se convirtieron en "informadores" y otros fueron expulsados por no cumplir los cánones, con el consecuente sentimiento de rechazo, miedo... La cosa llegó a tal punto que espontáneamente surgió una organización en contra de "la tercera ola": los breakers.

El tercer día el lema volvió a cambiar, convirtiéndose en "Fuerza mediante la acción". Con esta nueva consigna se lucha contra los insurrectos y, por otra parte, se busca reclutar a más gente. Se intimida y hasta se golpea a quien no quiere pertenecer al grupo o a quien lo amenaza y, por otro lado, son cada vez más las personas que quieren pertenecer a él, incluso de otros institutos. Se obedece ciegamente, se delata a otros para autoprotegerte, se "exilia" a los "culpables", se crean y extienden rumores... Aparecieron incluso guardaespaldas voluntarios para proteger a Jones, el líder.

En menos de una semana había lemas, reglas, metas... hasta una policía secreta dedicada a asegurar que todo iba como se esperaba. Nada se había planificado formalmente pero todo se fue organizando. Rápidamente y sin ningún control, los rumores de que un cambio político y social se iba a producir y que "la tercera ola" iba a estar en el centro del mismo, se propagaron como la pólvora. Los integrantes estaban expectantes, encantados ante el futuro. Los que no estaban de acuerdo buscaban formas de sabotearlo sin sufrir las trágicas consecuencias que anticipaban.

Hubo que pararlo todo. En menos de una semana se había fraguado un movimiento con los mismos tintes que el que había surgido en la Alemania en los años 30. Sin necesidad de más explicaciones, Jones no sólo contestó a la pregunta de sus alumnos, sino que consiguió que lo vivieran en sus propias carnes, sin ser siquiera conscientes de ello: ya sabían cómo era posible que surgiera y se apoyara un movimiento como en nazismo.

Sólo hay que crear un fuerte sentimiento de identidad y enfrentarlo a "los otros", los que no son como nosotros y no comparten nuestros signos de identidad. Da miedo lo sencillo que parece.

Así que como en otros casos, la mejor forma de prevenir males mayores es ser conscientes de estos mecanismos y estar alerta ante las primeras señales. Fueron las personas que se resistieron a "la ola" en 1967, pero las hubo. 

 

 

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