Practica la compasión

 

"El único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para que uno esté mejor" (Jacinto Benavente)

 

 

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Patricia Lanza
viernes, 27 de enero de 2017

 

Se supone que las Navidades son la época del año en la que incrementan los buenos deseos y las muestras de cariño entre los seres humanos. Algo que, a juzgar por las noticias, parece que escasea bastante. Ver un rato los informativos acaba con la fe en la Humanidad del más optimista de los mortales. Pero la realidad es que, aunque sea de vez en cuando, el ser humano también es capaz de sorprender con verdaderas muestras de altruismo.

De hecho, pese que aparentemente las personas no parecemos muy altruistas, los estudios muestran que la compasión es un sentimiento innato. Puede que luego se vaya perdiendo esa capacidad para desear que los demás dejen de sufrir a causa de nuestro modo de vida. No tener tiempo para nada ni nadie, la competitividad que nos lleva a querer superar a los que nos rodean... nos hacemos más egoístas, nos generan la idea de que para sobrevivir hay que ir a lo nuestro. Todas estas ideas van poco a poco endureciendo nuestro corazoncito hasta convertirlo en una gran piedra.

Pero aun siendo así, también se ha comprobado que la compasión puede entrenarse y desarrollarse como cualquier otra habilidad. Y hacer esto no sólo beneficia a los que nos rodean. Tiene, sobre todo, ventajas para nosotros mismos. Diversos estudios, como el llevado a cabo por Chuck Raison en la Universidad de Emory, han demostrado que la simple práctica regular de la meditación en la compasión genera respuestas neuroendocrinas que mejoran la respuesta inmunológica y nos hacen más resistentes al estrés.

Además, la práctica de la compasión tiene un efecto "contagioso". Cuando se presencian acciones altruistas las personas se sienten más propensas a ayudar a los demás, generándose una espiral de buenas acciones.

Entre otros, estos son los beneficios que nos puede reportar:

  • Ayudar a los demás genera una sensación de felicidad y serenidad. Se invierten las tornas y, en lugar de meternos en esa pescadilla en la que sólo nos sentimos bien cuando recibimos y cada vez queremos más, ser nosotros los que damos nos proporciona un bienestar más duradero.
  • Nuestra salud mejora. Son muchos los estudios en los que se ha visto que sólo el hecho de presenciar acciones altruistas mejora nuestro sistema inmunitario, incrementa la sensación de vitalidad y aumenta las expectativas de vida.
  • Nuestro cerebro cambia y, con ello, nuestras emociones. Los estudios con neuroimagen, iniciados por Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin-Madison, han demostrado que las personas que entrenan la compasión sufren cambios funcionales en el córtex prefrontal, disminuyéndose la actividad en el hemisferio derecho (relacionado con la depresión), así como la actividad de la amígdala (relacionada con el miedo y la ira), a la vez que se incrementa la actividad del hemisferio izquierdo, que está más relacionado con las emociones positivas.
  • Mejoran nuestras relaciones interpersonales. Cuando llevamos a cabo acciones que benefician a los que nos rodean, las relaciones con estas personas también mejoran. Nos podemos encontrar con afecto que nos es devuelto en las situaciones más imprevistas. El mundo se hace un poquito mejor.

Así que, aunque las Navidades hayan acabado, nunca es tarde para practicar la compasión.

 

 

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