El agotamiento emocional

Constante sensación de estar abrumados, sobrepasados, y enormemente fatigados mentalmente.

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Nuria Fernández López
jueves, 04 de junio de 2020

El agotamiento emocional es una experiencia en la cual la persona se ve sobrepasada por todo, siente una gran incapacidad para afrontar el día a día. Resulta de un estado de sobrecarga por la acumulación de emociones intensas que no se gestionan de forma adecuada. Excesos laborales, responsabilidades, conflictos, pueden ser algunas de sus causas.

Al agotamiento emocional no se llega de la noche a la mañana, es consecuencia de un proceso en el que se van sumando experiencias y que si se prolonga en el tiempo acaba teniendo importantes consecuencias. Puede también haber una manifestación brusca, que vendría a ser como el punto de inflexión en donde nuestra capacidad de aguante se quiebra. A partir de aquí, la gravedad de las consecuencias es distinta dependiendo de cada persona. Enfermedades físicas, ansiedad, depresión, bloqueos, ira, etc. La manifestación más común y habitual es una sensación de no aguantar más y de no poder seguir adelante.

Normalmente solemos hacer oídos sordos a las manifestaciones y avisos que nuestro propio organismo nos envía como señal de alarma. Ignorarlas y seguir adelante puede llevarnos hasta un punto de ruptura. Es habitual que las personas que lo padecen no sean conscientes de sus síntomas, pues la desmotivación y el cansancio emocional, característico de este fenómeno, provoca un comportamiento de evitación y rechazo hacia las propias emociones. La fatiga emocional causa problemas importantes para la persona que lo sufre, tanto en su bienestar personal como en sus relaciones interpersonales. 

Algunas señales que pueden ayudarnos a detectarlo:

  • Cansancio físico continuado.
  • Insomnio.
  • Dar vueltas en la cabeza de tal forma que quedamos atrapados en una maraña de pensamientos negativos.
  • Hipersensibilidad e Irritabilidad. Todo nos molesta y nos enfadamos con relativa facilidad.
  • Desmotivación. Nos sentimos sin fuerzas, sin ganas, sin ilusión.
  • Aplanamiento emocional. Entramos como en una especie de letargo emocional.
  • Bloqueos y fallos en la memoria. Olvidamos cosas con bastante frecuencia y ante los problemas no somos capaces de ver soluciones, no nos sentimos con fuerza para poner nuestra cabeza en marcha.
  • Dolores de cabeza, musculares, problemas digestivos.

Llegados a este punto, ni que decir tiene, que en cuanto notemos alguno de estos síntomas conviene poner el freno cuanto antes. No es un proceso que vaya a menos, una vez que la bola empieza a rodar, cada vez se hará más grande.

Trabajar insistentemente en algunos hábitos básicos puede ayudarnos como factor de protección.

  • Buenos hábitos de alimentación, sueño y actividad física es la recomendación más repetida pero también la más importante, si esto falla, poco van a hacer las demás.
  • Trabajar en el ajuste de las exigencias, resultados, expectativas a los que nos sometemos a nosotros y a las personas que nos rodean.
  • Rebajar las obsesiones de perfección y resultados.
  • Aprender a expresar emociones y evitar el aislamiento.
  • Obligarnos a buscar momentos para la desconexión y empeñarnos, y si es necesario, imponernos la obligación de dedicar tiempo para realizar actividades que nos ayuden a minimizar el impacto de la carga mental.

 

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