No son los dioses los que están locos

El problema no es lo que nos envían los dioses, sino el uso que nosotros hacemos de ello.

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Patricia Lanza
viernes, 29 de enero de 2016

 

Me llaman friqui porque una de mis películas favoritas es "Los dioses deben estar locos". Esta película (que tiene casi tantos años como yo) cuenta la historia de un bosquimano que se dirige "al fin del mundo" para deshacerse de un instrumento "diabólico" que los dioses (en lo que parece una ataque de locura) han enviado a su tribu y les está complicando la existencia. Una existencia, hasta ese momento, idílica.

Al inicio, el narrador nos presenta a los bosquimanos, las únicas personas capaces de sobrevivir en un entorno tan duro como el desierto del Kalahari. Pero como nos cuenta, aunque el entorno es duro, los bosquimanos no sólo se han adaptado perfectamente a él, sino que viven tranquilos y felices. En su mundo no hay violencia ni leyes, por lo que no necesitan policías ni jueces. Ni siquiera tienen jefes. No hay nada nocivo porque incluso una serpiente es útil. Su carne es deliciosa y su piel sirve hacer bolsas. Viven en grupos familiares pequeños y bastante aislados. Sólo se encuentran con otras familias de vez en cuando y jamás han visto al "hombre moderno".

En estas condiciones, viven apaciblemente y disfrutando. Los niños juegan y nunca son castigados ni reprendidos. Sin sentido de la propiedad (porque no existe nada que poseer) no se tienen que preocupar por nada. Todo aquello a lo que tienen acceso lo han puesto ahí los dioses. Cuando necesitan carne, cazan. Y buscan tubérculos para extraer el agua que necesitan para beber.

A menos de 1000 kilómetros de este desierto y estas personas se levanta una gran ciudad donde reside "el hombre civilizado". Así describe el narrador a "esta tribu".

El hombre civilizado normalmente se niega a adaptarse a su medio. Prefiere hacer que el medio se acomode a él. Y así construye ciudades, carreteras, vehículos, maquinaria y establece redes eléctricas para que puedan funcionar los inventos ingeniados por él. Pero de alguna manera no supo detenerse a tiempo y cuanto más mejoró el medio para hacer su vida más fácil, lo que consiguió fue hacerla más difícil. Y sentenció a sus hijos a pasar de 10 a 15 años en la escuela sólo para aprender cómo sobrevivir en su complejo y azaroso hábitat.

De forma que el hombre civilizado, que se negó a adaptarse a sus medios naturales, ahora se encuentra con que debe adaptarse y readaptarse cada día y cada hora del día a ese medio que él creó. Y así, por ejemplo, si vive en un día que ha llamado lunes y en el aparato que está junto a su cama aparecen los números siete, cero, cero, tendrá que desadaptarse de su medio doméstico y readaptarse a un medio completamente diferente. Ocho y dos ceros significa que todo el mundo tiene que parecer ocupado. 10:30 indica que pueden dejar de parecer ocupados durante 15 minutos. 10:45, ocupado otra vez. Y así cada día es dividido en pequeños espacios, y en cada fragmento de ese tiempo habrá que adaptarse a un nuevo grupo de circunstancias.

Pero en el Kalahari es martes, viernes o domingo según se quiera. No hay relojes ni calendarios que le obliguen a hacer a nadie esto o lo otro.

Después de esta presentación no puedo evitar (y no puedo decir que lo sienta) que me guste la película y, sobre todo, que en más de una ocasión envidie a los bosquimanos. Su habilidad para hacer lo que necesitan pero luego dedicar su tiempo a ser felices, a disfrutar de la vida sin ataduras. Sin apegarse a cosas materiales y obligaciones o normas autoimpuestas. Su capacidad de aprovechar la parte positiva de lo que se les ofrece sin necesitar cambiar lo que podría ser negativo. Su aceptación de lo que les llega más como un regalo que como una exigencia. Su falta absoluta de leyes y reglamentos porque no son precisas cuando todo el mundo sabe lo que está bien y no se plantea perjudicar a nadie. Su capacidad de vivir más que sobrevivir aun cuando supuestamente su hábitat parecería exigir lo contrario.

Todo eso que nosotros, "las personas civilizadas", jamás seremos capaces de hacer. No sé cómo andarán los dioses, pero sí sé que tenemos una inmensa capacidad para complicarnos la vida solos, así que parece que los que sí estamos locos somos nosotros.

 

 

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