La ensenanza de no alcanzar lo esperado

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Nuria Fernández López
martes, 16 de octubre de 2018

El éxito y el fracaso son dos extremos de un mismo continuo. Vivimos apremiados por alcanzar el éxito, el resultado inmediato a toda costa, pero vamos tan deprisa, que muy pocas veces aprendemos del proceso y muchas menos de los fracasos y las razones que los motivaron.

Éxito y fracaso pueden ser engañosos, lo que en un momento tiene visos de éxito, puede con el tiempo convertirse en lo contrario, lo mismo ocurre con el fracaso, lo que puede comenzar siendo un fracaso, puede finalmente ser un impulsor para el cambio y la mejora.

Vivimos acomodados en el lado cómodo, hacer las cosas lo más deprisa posible, alcanzar objetivos, metas, logros en el corto plazo y a otra cosa. Poco tiempo hay para el que pasó. La acción se impone.

No sólo de éxito vive el hombre, no puede haber aprendizaje, evolución y mejora si en el camino no hay obstáculos y dificultades que haya que salvar. Son estos obstáculos los que apremian el ingenio. La frustración es necesaria para la maduración. Lo importante es saber captar las lecciones que esa adversidad nos trae.

Tener talento es importante, pero más importante es la voluntad de soportar y resistir las adversidades con firmeza, serenidad, con ganas de superarlas, vencerlas y darles la vuelta. Hay derrotas que nos abren los ojos e iluminan el camino.

Sin embargo, a pesar de que las mayores enseñanzas de nuestras vidas, seguramente las hemos obtenido de las derrotas, los fracasos, o cuando las cosas no ocurrieron cómo esperábamos, la sola idea de no reproducir lo que en nuestra cabeza proyectamos, nos supone un gran vértigo. Nos asusta, nos incomoda, y aceptamos cualquier cosa antes que una derrota.

Los fracasos nos obligan a analizar desde otra perspectiva los hechos que no han dado los resultados esperados. Sin embargo, en un exceso de autocrítica, el fracaso impacta en nuestra autoestima y provoca la aparición de desconfianza y duda. Sentimiento que se produce porque generalmente se tiende a considerar el error como consecuencia de una falta de conocimientos.

En otras ocasiones el miedo al error es tan grande que evitamos asumir cualquier riesgo a fin de confrontar la posibilidad de equivocarnos. Fracasamos en este caso por parálisis.

El error a pesar del miedo y vergüenza que suele causar, en parte inevitable de cualquier proceso de aprendizaje, cambio y mejora.

Todos estamos expuestos al fracaso, esa es la realidad. Creerse exento de él es absurdo. El problema principal es que no estamos acostumbrados a abordarlo, más bien, vivimos atemorizados por el riesgo de fallar, por la sombra de la crítica o de la evidencia, sin embargo, si asumimos el fracaso con la actitud correcta, podemos darnos la oportunidad de adquirir nuevos aprendizajes, logros, mejoras y competencias a las que no podríamos acceder si el éxito no estuviera siempre precedido del error.

"Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la libertad deliciosa de equivocarme". Charles Chaplin.

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