Cuando todo era más simple

¿Qué nos hace tan susceptibles a la depresión y la frustración? Quizás la pérdida de la ilusión o el exceso de seguridad. Lo que está claro es que las cosas han cambiado.

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Patricia Lanza
viernes, 10 de septiembre de 2010

La mayoría de nosotros ya estamos de vuelta de las vacaciones. Incluso a algunos ya las tendrán olvidadas, con la sensación de que pasaron hace meses. Y es que, inevitablemente, para la mayoría de nosotros las vacaciones resultan demasiado breves.

Todavía recuerdo aquella época en que tenías ganas de que acabaran para volver a ver a tus amigos del cole, estrenar mochila y utilizar esos libros que aún se mantenían impolutos.

Pero, sinceramente, ahora me parece increíble que el plástico para forrar libros o un estuche de reciente adquisición tuviera tanto poder. Vamos, que dudo que hoy en día tuviera ese efecto.

O a lo mejor estoy perdiendo la oportunidad de hacerme de oro encontrando un método para evitar la depresión postvacacional. Me imagino la cara que me pondría cualquiera (y no quiero pensar lo que se le pasaría por la cabeza) si le dijera que tengo el truco para que vuelva encantado al trabajo: "Cómprate un cuaderno nuevo, y ya verás qué feliz te sientes".

 

No sé si el problema es que con la edad se pierde la inocencia y, sobre todo, la ilusión. Supongo que dejamos de dar importancia a esas pequeñas cosas que nos hacen sentirnos felices y sólo estamos a la espera de la "Gran Felicidad", así, con mayúsculas.

Los compañeros tampoco parecen ser la panacea para una vuelta más alegre. Quizás el hecho de que al ser adultos tenemos la autonomía que nos permite ver a quien queramos cuando queramos, es la clave de que ahora no necesitemos el contexto laboral como excusa para retomar relaciones. Así que ya no necesitamos decir eso de: "Tengo ganas de volver para ver a mis amigos".

De todos modos, la forma de relacionarnos también ha cambiado. Y si piensas en ello, ningún curso de gestión de conflictos puede resultar tan útil como un: "Pues ya no te ajunto", seguido de un par de minutos sin hablar a tu amigo del alma. Jamás vuelve uno a tener una comunicación tan clara e inequívoca. Así que pocas veces los problemas se enraizaban y los conflictos se solucionaban más fácilmente.

Y es que cuando vamos creciendo lo vamos complicando todo. Y cuando echas la vista atrás, te preguntas: "¿En qué momento cambió todo?" y, sobre todo "¿Por qué no podrá volver a ser todo tan simple?".

Quizás el problema es que nos hemos vuelto blandos. Eso dice mi padre. En sus tiempos no existía la "depresión postvacacional". Y es que es cierto que ahora parece que todo es un problema y que va a tener consecuencias irreparables para nuestro bienestar físico y mental.

¿No será ese exceso de celo el que nos hace más vulnerables? Como la persona que no se expone nunca a una bacteria, que no puede crear anticuerpos, nuestra constante evitación del "sufrimiento", ¿no nos hace menos resistentes a él?

No digo que tengamos que sufrir por sufrir pero, ¿no evitamos la frustración y el error a toda costa, olvidando que, en muchos casos, es lo que nos ayuda a aprender y nos hace más fuertes?

Y entiendo que uno no quiera sufrir ni ver sufrir a sus seres queridos, pero realmente los padres que dan todo lo que pide a un niño porque "es que si no llora", ¿le están haciendo algún bien?

El siguiente texto seguro que lo conocéis. Lleva mucho tiempo pasando de mail a mail. A mí me ha llegado varias veces y, cada vez, me hace reflexionar: tanta seguridad, tanta protección, ¿realmente nos protege o nos hace más débiles?

 


 

Mirando atrás, es difícil creer que estemos vivos: Nosotros viajábamos en coches sin cinturones de seguridad y sin airbag, hacíamos viajes de 10-12 h. con cinco personas en un 600 y no sufríamos el síndrome de la clase turista.

No tuvimos puertas, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños. Andábamos en bicicleta sin casco, hacíamos auto-stop, más tarde en moto, sin papeles.

Los columpios eran de metal y con esquinas en pico. Jugábamos a ver quién era el más bestia. Pasábamos horas construyendo carros para bajar por las cuestas y sólo entonces descubríamos que habíamos olvidado los frenos. Jugábamos a "CHURRO VA" y nadie sufrió hernias ni dislocaciones vertebrales.

Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y sólo volvíamos cuando se encendían las luces de la calle. Nadie podía localizarnos. No había móviles. Nos rompíamos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para castigar a los culpables. Nos abríamos la cabeza jugando a guerra de piedras y no pasaba nada, eran cosa de niños y se curaban con mercromina y unos puntos. Nadie a quién culpar, sólo a nosotros mismos. Tuvimos peleas y nos "esmorramos" unos a otros y aprendimos a superarlo.

Comíamos dulces y bebíamos refrescos, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo y punto. Compartimos botellas de refrescos o lo que se pudiera beber y nadie se contagió de nada. Nos contagiábamos los piojos en el cole y nuestras madres lo arreglaban lavándonos la cabeza con vinagre caliente.

Quedábamos con los amigos y salíamos. O ni siquiera quedábamos, salíamos a la calle y allí nos encontrábamos y jugábamos a las chapas, a coger, al rescate, a la taba..., en fin, tecnología punta. Íbamos en bici o andando hasta casa de los amigos y llamábamos a la puerta. ¡Imagínense!, sin pedir permiso a los padres, y nosotros solos, allá fuera, en el mundo cruel ¡Sin ningún responsable! ¿Cómo lo conseguimos?

Hicimos juegos con palos, perdimos mil balones de fútbol. Bebíamos agua directamente del grifo, sin embotellar, y algunos incluso chupaban el grifo. Íbamos a cazar lagartijas y pájaros con la "escopeta de perdigones", antes de ser mayores de edad y sin adultos, ¡¡DIOS MÍO!!

En los juegos de la escuela, no todos participaban en los equipos y los que no lo hacían, tuvieron que aprender a lidiar con la decepción. Algunos estudiantes no eran tan inteligentes como otros y repetían curso... ¡Qué horror, no inventaban exámenes extra!

Veraneábamos durante 3 meses seguidos, y pasábamos horas en la playa sin crema de protección solar ISDIN 15, sin clases de vela, de paddle o de golf, pero sabíamos construir fantásticos castillos de arena con foso y pescar con arpón.

Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad, y aprendimos a crecer con todo ello.

 

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