El circulo del 99

La felicidad y satisfacción personal se pierden en la búsqueda incesante de lo que nos falta o no poseemos.

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Nuria Fernández López
martes, 02 de julio de 2013

 

Cada mañana entraba el sirviente alegremente con el desayuno del rey. Un día, el rey le preguntó el origen de su alegría.

- ¿Cuál es el secreto de tu alegría, paje?- preguntó el rey intrigado.

- No hay ninguno, Majestad.- contestó con naturalidad el sirviente.

El rey se molestó y lo intimó a que contestara, pero el sirviente no tenía respuesta para su pregunta. Simplemente explicó cómo se sentía.

- Majestad, no tengo motivos para estar triste. Tengo trabajo, esposa, hijos, casa, comida y ropa. De cuando en cuando, me premias con algunas monedas para gastar, ¿qué más puedo pedir?

El rey despidió molesto al paje y se quedó meditando. No concebía que un ser tan miserable fuera feliz. Entonces mandó llamar al más sabio de sus asesores para preguntarle.

- Majestad, es que el paje está fuera del círculo.

- Explícate.

- ¿Es feliz por estar fuera del círculo?

- No. No es infeliz por estarlo.

- ¿Acaso, estar en el círculo te hace infeliz?

- Efectivamente.

- Y el paje no está dentro.

- Así es.

- ¿Cuándo salió?

- Nunca entró.

- ¿Qué clase de círculo es ese?

- El círculo del noventa y nueve. Para que entiendas, debería mostrártelo en la práctica, haciendo que tu sirviente entre en él.

- Hagámoslo.

- Sólo hay una manera de hacerlo. Debemos dejar que entre por su voluntad.

- Bien.

- Pues prepara una bolsa con noventa y nueve monedas de oro para esta noche. Pasaré por ti. No olvides que sean exactamente noventa y nueve, ni una más ni una menos.

A la noche, el consejero pasó a buscar al rey y se dirigieron a la casa del paje, donde se ocultaron tras unos arbustos y aguardaron al alba.

Cuando vieron la primera luz en la casa, el consejero dejó la bolsa de cuero con las monedas y una nota que decía:

"Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie, cómo lo encontraste".

Golpeó la puerta del paje y se volvió a esconder para espiar mejor.

El sirviente vio la bolsa y la nota y cuando se percató del sonido de las monedas, entró inmediatamente a la casa, echando el cerrojo.

El paje desparramó el contenido de la bolsa sobre la mesa y no podía creer lo que veía. Estaba embelesado, tocaba y acariciaba las monedas. Comenzó a formar pilas de a diez y cuando llegó a la última, notó que faltaba una. De inmediato comenzó a buscar la moneda faltante, en el suelo, sus bolsillos, los alrededores, en la bolsa. Era imposible, debía estar en alguna parte, no podían ser sólo noventa y nueve, debían ser cien.

- ¡Me robaron!- gritó desconsolado.

No había otra explicación, noventa y nueve no es un número redondo, debía faltar una. Era mucho dinero, pero faltaba una para que estuviera completo. Con cien monedas de oro, no tendría que volver a trabajar.

La cara del sirviente había cambiado, tenía los ojos pequeños y arrugados, el ceño fruncido, la boca con un terrible rictus. El hombre guardó las monedas nuevamente en el bolso, vigilando que nadie de la casa lo viera. Escondió la bolsa entre la leña y comenzó a calcular cuánto tiempo le llevaría conseguir la moneda faltante.

Cuando terminó sus cálculos quedó espantado, tomaría unos doce años juntar lo suficiente para comprar la moneda faltante, siempre que ahorrara todo su salario y algún dinero extra. Debía encontrar la forma de hacerlo más rápido. Tal vez pudiera pedirle a su esposa que buscara un trabajo en el pueblo y también él mismo, podría conseguir un segundo empleo. Haciendo esto, podría tardar unos siete años. Tampoco era suficientemente rápido. Quizás pudiera vender por las noches, los restos de comida. Deberían comer menos para tener más para vender. Tal vez podrían vender la ropa y los zapatos sobrantes. Seguía cavilando sin cesar. El sirviente había entrado en el círculo del noventa y nueve.

Durante los meses posteriores, el sirviente se dedicó a cumplir sus planes. Conforme seguía su estrategia, su humor empeoraba. Hasta que una mañana, el rey le preguntó el motivo de su malhumor. El paje contestó de mal modo. No pasó mucho tiempo, hasta que el rey lo despidió, debido a su mal humor.

 

Por lo general se nos educa para pensar en lo que no tenemos, en lo que nos falta. Muy raramente hacemos el ejercicio de valorar y disfrutar lo que SI poseemos, lo que hemos conseguido, lo que somos, lo que podemos celebrar cada día. Sentimos que la felicidad no llega hasta que completamos lo que nos falta. Vivimos, por tanto, en una búsqueda permanente para cerrar el círculo, aunque ello suponga sólo una pequeña parte comparada con lo que ya hemos logrado o alcanzado, y mientras buscamos, perdemos de vista lo que en el día a día es fuente de satisfacción, de realización, de felicidad en esa búsqueda incesante, sin pensar que ese logro nunca llega a materializarse, ya que la verdadera felicidad radica en disfrutar de nuestros tesoros presentes, de lo que ya poseemos, y NO, de lo que nos falta.

 

 

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