La enfermedad de la prisa

"El trabajo sin prisa es el mayor descanso para el organismo" (G. Marañón)

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Nuria Fernández López
miércoles, 09 de diciembre de 2015

Según sus amigos, Juan no anda sino que "trota". Se mueve casi al galope de un lado para otro y es normal verlo con una taza de café en la mano "derrapando" por los pasillos de la oficina. Sus movimientos son bruscos y rápidos y cualquier actividad la realiza a gran velocidad. Esa agitación la expresa en muchas de sus conductas, por ejemplo, su mujer afirma que no come sino que "engulle como los pavos". Es normal encontrarlo realizando varias acciones a la vez: por ejemplo, desayuna mientras lee el periódico, consulta la correspondencia, ve la televisión y llama por teléfono al mismo tiempo. No soporta la lentitud con que viven la mayoría de las personas. De ahí que suela impacientarse en situaciones en las que tenga que esperar un cierto tiempo, por ejemplo haciendo cola en la caja del supermercado o en un atasco de tráfico. Tiene la sensación de que los demás "pierden el tiempo" y para él, su tiempo es más valioso que el del resto de los mortales...

La  industrialización, que trajo la idea de que el tiempo es oro, con lo que empezamos a contar minutos y a darles un valor económico, debido a que el tiempo se asoció al dinero, ha provocado una gran paradoja, ya que la rapidez y las soluciones rápidas conllevan errores que luego hay que subsanar con más tiempo y más dinero,  con lo que nos consumimos en un bucle cada vez más grande y más sin sentido.

Los dichos populares, y por populares sabios, ya que se han desarrollado al amparo de lo que la experiencia nos va enseñando dicen: "Vísteme despacio que tengo prisa", "La prisa no es una adecuada compañera o consejera", "¡Las prisas no son buenas!" "La prisa destruye y mata". Todos ellos chocan con un mundo que nos apremia justo a lo contrario, que abandera la prisa y la velocidad. Se valora hacer el mayor número de tareas en el menor tiempo posible. Se promueve un perfil de hombre/mujer orquesta,  que realice múltiples tareas a la vez, con la consiguiente esquizofrenia que ello provoca. Esta excesiva rapidez crea una dinámica de impaciencia, en la que muchos podemos reconocernos, y en la que todo debe estar listo para "ayer".

Ya a finales de los años cincuenta del siglo XX, Friedman y Rosenman, cardiólogos norteamericanos publicaron varios trabajos que relacionaban determinadas conductas y rasgos de personalidad con la incidencia de cardiopatía isquémica o la posibilidad de tener un infarto o angina de pecho. Fruto de sus investigaciones aparece en 1974 la obra Type A Behavior and your Heart en la que se describían diferentes tipos de personalidad relacionadas con factores de riesgo coronario. Friedman y Rosenman  cuentan que el inicio de su investigación surgió de la observación de una experiencia de la vida cotidiana. Al querer remodelar la sala de espera de su consulta, cuando pretendieron tapizar las sillas, les llamó la atención que éstas sólo estaban deterioradas en el tercio exterior. Es decir, sus pacientes únicamente se sentaban en el extremo de los sillones, como si estuvieran a punto de "echar a correr".

Ya ha llovido un poco desde entonces,  y a pesar de las advertencias no hemos hecho otra cosa que ir a peor. Seguimos reproduciendo dicho  patrón,  desarrollando la enfermedad de la prisa caracterizada por la preocupación por realizar tareas sin parar, el sentimiento de frustración que genera la  inactividad y el reposo, la tendencia a acelerar la ejecución de cualquier tarea, los movimientos rápidos como queriendo llegar antes, la dificultad para renunciar y decir no,  la intención de simultanear actividades, el hacer odios sordos a los mensajes que nos envía nuestro organismo, desatender síntomas corporales claros, la ambición y necesidad de conseguir logros, la tendencia al perfeccionismo en todas las actividades, la tendencia a la competitividad,  al control y la supervisión de los demás,

Carl Honoré, impulsor del Movimiento Slow, en su libro "La lentitud como método" ofrece algunas herramientas para ser eficaz y vivir mejor en un mundo veloz.  Para él, la gran revolución del siglo XXI será pasar de hacer las cosas lo más rentable y rápido posible a hacerlas lo mejor posible y pensando en el largo plazo. "La prisa nos lleva a cometer enormes errores, nos roba nuestro tiempo y nos impide ser felices. Vivimos en la hiperactividad y la hiperestimulación, y eso nos resta capacidad de gozo, de disfrute, de acceder al placer que supone aprender a disfrutar  de cada momento que vivimos. "

Tal vez caminar lento, pueda ser un buen propósito para el año que ya está llamando a nuestras puertas.

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