Todo éxito es un fracaso rectificado.

Afirma el filósofo Charles Pépin  autor de 'Las virtudes del fracaso'.

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Nuria Fernández López
miércoles, 17 de enero de 2018

A pesar de que una y mil veces se repite que el fracaso tiene la virtud de la enseñanza, no acabamos de darle mucho crédito y menos estamos dispuesto a aprender de la mano del inevitable fracaso.

 En relación con este tema, se publicaba una entrevista en estos días pasados que trata el tema de la mano del filósofo Charles Pépin con interesantes aportaciones, así que os la dejo, con la idea de des-estigmatizar el  fracaso como fuente de vergüenza.

El fracaso ha sido, desde los albores de nuestra civilización, fuente de miedo y vergüenza. El filósofo Charles Pépin (Saint-Cloud, Francia, 1973) opina, al contrario, que experimentar el fiasco y la frustración inherente a él es lo que, en el fondo, nos convierte en humanos. Según este pensador francés, la inteligencia de un individuo se cuantifica en su capacidad para analizar y corregir sus errores. En ese sentido, equivocarse no es solo inevitable, sino necesario para entender nuestros deseos y prioridades. Profesor del Instituto de Estudios Políticos de París y solicitado conferenciante, Pépin desarrolla estas tesis en Las virtudes del fracaso (Ariel), un tratado que aboga por un cambio de actitud respecto al desengaño. En el libro, el autor elabora un listado de personajes que triunfaron después de fracasar, de Thomas Edison a Steve Jobs, y también de inventos que surgieron a partir de sonados errores de apreciación. El objetivo de Pépin, como relata en un café parisiense, es profundizar en un asunto que la mayoría de grandes filósofos se han obstinado en ignorar.

Pregunta. ¿Por qué el fracaso ha sido un tema tan poco tratado por su disciplina?

Respuesta. En la filosofía occidental se ha hablado poco de los aspectos concretos de la existencia. El hecho de fracasar no aparece mencionado ni en los diálogos de Platón, ni en los escritos de Descartes o de Kant, ni en los tratados de los existencialistas. Existe alguna excepción, como la filosofía de los estoicos, que hablaron de la necesidad de aceptar la frustración inherente a la vida. Más tarde, Hegel también consideró que las experiencias negativas eran necesarias: igual que no hay tesis sin antítesis, no existe éxito sin fracaso. Ya en el siglo XX, la epistemología reflejará el tanteo sucesivo que es propio del método científico, que implica equivocarse sucesivamente hasta llegar a un resultado satisfactorio. Todo éxito puede considerarse, en ese sentido, un fracaso rectificado.

P. ¿Qué nos impide aceptar, socialmente hablando, el hecho de fallar?

R. Para empezar, se suele confundir el fracaso de un proyecto determinado con el de nuestra persona en su totalidad. No conozco bien la situación española, pero diría que es parecida a la francesa. Nuestra sociedad está enferma porque es incapaz de aceptar el error. Conozco a jóvenes traumatizados por un sistema escolar que no favorece la singularidad, que les obliga a adaptarse a lo que se ha fijado como la norma. En las empresas hay muchos trabajadores marginados por haber cometido un único desliz a lo largo de sus carreras. En Francia se castiga lo atípico para preservar un sistema muy homogéneo, en el que se aspira a que todo el mundo se parezca.

P. Hay quien interpreta sus tesis como un elogio de la mediocridad. "En las empresas hay muchos trabajadores marginados por haber cometido un único desliz a lo largo de sus carreras".

R. No es mi razonamiento. Yo no digo que todos los fracasos sean positivos. Lo que digo es que hay que fracasar de una forma interesante, con la voluntad de ser valiente y original. Creo que llegamos al final del ciclo de la obsesión por el éxito. Hace años que Michael Jordan se dedica a dar conferencias sobre los fracasos de su carrera. Y el tenista Stanislas Wawrinka lleva tatuado en el brazo una cita célebre de Beckett, extraída de su libro Rumbo a peor: "Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor". De acuerdo, todavía no es una opinión hegemónica, pero me parece sintomático de una erosión del modelo dominante.


P. ¿En qué momento empieza ese cambio de mentalidad?

R. La crisis financiera de la década pasada fue un punto de inflexión. Fue un kairós, por utilizar el término de los filósofos griegos, un momento oportuno para el cambio. La crisis puso en duda el sistema de valores que sustentaba la idea del éxito. Fue un momento en el que se cerraron muchas puertas, pero también se abrieron algunas ventanas.

P. ¿No existe el peligro de caer en la lógica del pensamiento positivo, inspirado en la filosofía de Emerson, quien consideró que cualquier experiencia, buena o mala, siempre termina siendo provechosa?

R. Es muy seductor pensar eso, ­pero no es lo que yo defiendo. Yo creo que todas las experiencias no son beneficiosas. La negatividad total también existe. Hay fracasos de los que uno nunca se recupera. Lo que yo digo es que el fracaso es una experiencia humana. Y que llegamos más lejos aceptándolo y corrigiéndolo que negando que exista. El fracaso nos ayuda a reorientarnos y a reinventarnos.

Extracto de la Entrevista publicada en " EL PAIS. Ideas"

 

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