¿Podrían haber hecho de ti un genio?

Nacemos como tabula rasa y, a lo largo de nuestra vida, algunas personas van influyendo en nosotros en mayor o menor medida. Como somos ahora, nuestros gustos, capacidades, fobias... dependen en gran medida de lo que se ha "escrito" sobre nosotros. ¿Nos han limitado o han hecho crecer nuestros potenciales? Quizás nuestros profesores tuvieron la culpa.

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Patricia Lanza
viernes, 26 de noviembre de 2010

Los genios, como las meigas, existir, existen, aunque no son fáciles de encontrar. Algunas personas, desde pequeñitas ya brillan con luz propia y cuando se ven sus resultados, parecen tan obvios que nadie se había planteado otra cosa.

Si un niño a los 5 años ya compone sinfonías es que, indudablemente, es un genio. Viendo bailar y cantar a Michel Jackson con sus escasos 4 años tampoco nadie se extraña del éxito futuro.

Pero está claro que no todos somos Mozart o Michael Jackson, Einstein o Miguel Ángel, Ramón y Cajal o Bill Gates, Leonardo Da Vinci o Gaudí, Newton o Goethe... No todos tenemos una (o varias) disciplinas en las que destaquemos. Seguramente, la mayoría de nosotros nos conformamos con no hacer el ridículo cuando toca demostrar nuestras habilidades con la ciencia o el arte.

Incluso, en muchos casos, nos confesamos incapaces para alguna disciplina o, simplemente, la odiamos. Más de uno habrá dicho u oído confesar a alguien que odia las matemáticas, que jamás fue capaz de aprenderse los ríos de España o que tiene dos pies izquierdos a la hora de bailar.

En esos casos, yo me pregunto: ¿cuánto de eso es innato y cuánto adquirido? Adquirido por un sistema educativo o unas personas (familiares y profesores) que no han sabido encontrar esa chispa en nosotros que ahora nos haría brillar o que han conseguido que acabáramos aborreciendo una asignatura.

Porque, si Mozart no se hubiera criado en una familia de músicos, si no hubiera tenido un acercamiento a la música en su infancia, ¿le conoceríamos ahora todos como uno de los músicos más grandes de la Historia?

Yo casi podría jurar que si el único contacto de Mozart con la música hubiera sido el que nos proporcionó mi profesora de música, casi seguro que ahora sería un perfecto desconocido. Porque, con todo el respeto, diré que esa mujer nunca fue capaz, no ya de transmitir un poco de interés por la música, sino, incluso, de conseguir que aprendiéramos a tocar un instrumento.

Yo ahora me confieso negada para la música. Tengo un oído nefasto, ningún sentido del ritmo y canto como ladran los perros.

Tenía una compañera que era música. Ella me decía que yo no cantaba mal, que el único problema es que lo hacía en escala pentatónica. El que no se consuela es porque no quiere...El caso es que me decía que si yo tenía tantos problemas con la música y el ritmo era porque nunca me habían enseñado música correctamente. La verdad, aunque creo que mis genes están reñidos con la capacidad musical, esto último no lo pongo en duda.

Porque, ¿cuántos de nuestros profesores consiguieron transmitirnos pasión por sus asignatura? ¿Cuántos fueron capaces de hacernos comprender conceptos más o menos simples, pero que resultaban imprescindibles para seguir aprendiendo? ¿Cuántos se fijaron en nuestros potenciales para explotarlos? ¿Cuántos se centraron en nuestras limitaciones para decirnos todo lo que no éramos capaces de hacer en lugar de reforzarnos en eso en lo que sí podíamos destacar?

La función de un profesor no puede limitarse a transmitir información. Para eso ya están los libros. El profesor (o el formador), debe ser mucho más que eso. Debe ser alguien que nos apoye, que busque en nosotros, porque seguro que hay algo bueno que encontrar. Que nos muestre un camino desconocido y nos infunde interés por descubrir lo que encontraremos en él. Que nos ayude a comprender y busque el modo de asegurarse de que hemos captado la esencia. Que sepa cómo hacer interesante el tema más arduo. En resumen: que contagie su pasión.

Sólo si se dispone de esas cualidades se debería poner alguien en el papel de profesor. Porque el profesor es la persona que en gran medida va a marcar nuestro futuro, que va modelarnos a nosotros y a nuestras preferencias. Que puede ver en nosotros potenciales o sólo carencias.

A continuación os presento un buen ejemplo de lo que hablo. Una persona con vocación de enseñar, con pasión y fe en las personas. Alguien que seguramente no conseguiría que me convirtiera en Mozart, pero sí que, al menos, fuera capaz de leer una partitura.

Aunque es un poco largo, os invito a que lo veáis completo. Porque en él tenéis el ejemplo perfecto de lo que debe ser un formador y porque oyéndole, a lo mejor, os es más fácil pensar en qué hubiera cambiado vuestra vida con profesores como éste.

 

 

http://www.youtube.com/watch?v=71w-oasL6iQ

 

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