Soltar lastre

Hoy en día es fácil acumular. Acumular toda clase de cosas. ¿Realmente necesitamos tanto?

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Patricia Lanza
viernes, 31 de mayo de 2013

 

Algunos tenemos más facilidad que otros para almacenar cosas "por si acaso". Por si acaso lo necesito, por si fuera útil, porque cómo voy a tirarlo, porque le he tomado cariño, porque me lo regaló fulanito...

Los motivos para acumular cosas son múltiples, pero la realidad es que en la gran mayoría de los casos son trastos inútiles que pasarán años en algún armario o cajón y que jamás volverán a utilizarse. En muchas ocasiones porque, aunque nos resultasen útiles, ni nos acordamos de que los tenemos y, aunque sí lo recordemos, lo imposible es saber dónde los pusimos.

Normalmente esta acumulación está controlada. Puede ser más o menos molesta para nosotros mismos o los que nos rodean, pero no suele representar un problema (no estamos hablando, claro, de algo patológico como el síndrome de Diógenes). Generalmente, antes de llegar a este extremo, la mera falta de espacio suele bastarnos para hacer una limpieza de vez en cuando. Esto, lamentablemente, suele servir sólo para sustituir unos trastos por otros, pero en el ínterin, nos sentimos más ligeros.

 

Las nuevas tecnologías parecen, a simple vista, una buena solución para reducir el volumen de bártulos: menos papeles, dispositivos de almacenamiento más pequeños, sistemas virtuales donde guardar la información, etc. Así que ya no hay tanto papel en nuestros escritorios, ni guardamos ya álbumes con fotos, ni siquiera es necesario dejar espacio para DVDs. Ahora tenemos ordenadores, discos duros, la nube...

Pero esto, ¿nos impide acumular cosas inútiles? Pensemos en nuestras casas y oficinas. ¿Cuántos documentos guardamos? ¿Cuántas versiones de un mismo archivo? ¿Cuántos mails por si los tenemos que revisar? ¿Cuántas fotos hicimos en las vacaciones que no miramos nunca? ¿Vídeos que nos resultan aburridos a nosotros mismos?... La lista es ilimitada, pero el espacio no. Por mucho que se trate de espacio virtual, ¿dónde está el límite?

Y está claro que hay cosas importantes pero otras, ¿lo son tanto?

Mucha de esta necesidad de acumular proviene de creencias erróneas o distorsionadas sobre la importancia de las cosas. Cuando tenemos que deshacernos de esas cosas sentimos miedo, una pérdida basada en un valor que le hemos asignado al objeto que, puede no ser tanto. Incluso a veces pensamos que nuestra propia identidad depende de ello: son nuestros recuerdos, nuestra historia personal, nuestras experiencias, el conocimiento que hemos ido adquiriendo, el trabajo en el que tanto esfuerzo hemos invertido...

Pero lo que está claro es que en esta vida, cuando acumulamos mucho, el peso no se siente sólo físicamente. Al final, a base de guardar y guardar, nos quedamos atrapados entre cosas que nos atan sin sentido.

El otro día, viendo un reportaje sobre el tornado de Oklahoma, entrevistaban a una pareja afectada en el lugar del suceso. En medio de la más absoluta devastación, la mujer decía: "Es sólo una casa. Lo importante es que seguimos vivos". Si la imagen era impactante, la entereza con la que dijo esto lo fue más. Porque si bien todos sabemos racionalmente que lo material es sustituible y que nada es tan importante como la salud, a la hora de la verdad no sé cuántos de nosotros podríamos renunciar a todo lo que tenemos con ese temple.

Y es que, al final, las cosas son sólo cosas y, antes o después, las perderemos. Por lo que deberíamos empezar a aprender a soltar lastre y viajar en ésta vida más ligeros. Quizás esta anécdota sobre Alejandro Magno nos ayude.

 

 

  Encontrándose al borde de la muerte, Alejandro Magno convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos:

  • Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los propios médicos de la época.
  • Que los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas... ), fueran esparcidos por el camino hasta su tumba, y...
  • Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.


  Uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuáles eran sus razones.

  Alejandro contestó al general:

  • Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar.
  • Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.
  • Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos.

 

 

 

 

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