Un osito llamado Leo

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Patricia Lanza
viernes, 04 de octubre de 2013

 

Paseando por el parque, en una zona de juegos infantiles, había visto durante varios días un cartel colgado de un árbol. No le había prestado mucha atención, pero el otro día apareció sobre un banco y lo leí. Decía algo así:

"Hola, me llamo Leo. Soy un osito de peluche y me he perdido. Echo mucho de menos a mi familia. Soy... (una breve descripción). Por favor, si alguien me encuentra... (y una serie de instrucciones para devolverlo)."

Es fácil imaginar cuál es la historia de este osito. Un niño o niña que lo ha perdido y unos padres desesperados ante el desconsuelo de su hija/o, haciendo lo imposible por recuperarlo.

Está claro que para ese niño su osito es más que un objeto y, por supuesto, mucho más que un simple juguete. Ha establecido con él un vínculo tan fuerte que su pérdida le está destrozando.

Estamos ante un claro ejemplo del concepto de apego que para muchos, es la base de nuestro sufrimiento. Porque el apego es un concepto muy amplio y hace referencia no sólo a objetos materiales, sino también a las personas, nuestro ego, etc. Estamos apegados a nuestros seres queridos, a nuestro estatus, a los bienes que vamos adquiriendo... Es más que un simple afecto. Nos aferramos a ellos y olvidamos que, lamentablemente, todo en esta vida es efímero. Que las cosas y las personas llegan y, por mucho que las cuidemos y valoremos, en algún momento desaparecerán. Porque por mucho que lo queramos evitar, en algún momento nuestros familiares nos dejarán , ya no tendremos nuestro puesto de trabajo, el coche que tanto nos gusta acabará (en el mejor de los casos) en otras manos...

Ese osito será para este niño la primera de muchas pérdidas a la que se tendrá que ir enfrentando. Por lo que, si bien los esfuerzos de sus padres por recuperarlo son loables, quizás deberían centrarse más en ayudarle a superar su falta. Porque nos cuesta un mundo aceptar que las cosas vienen y se van. Y siempre se irán. Y ningún cartel bienintencionado nos va a ayudar a recuperarlas. Y ante eso, sólo nos queda aprender a sobrellevarlo lo mejor posible. Por eso sólo tenemos dos alternativas: o aprendemos a aceptar la pérdida o aprendemos a aferrarnos menos a las personas y/o cosas. Ninguna de las dos opciones es fácil. Un osito es una buena forma de empezar.

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