Confucionismo: hoy igual que ayer

Las reflexiones de un hombre de hace siglos que son tan actuales como si se hubieran dicho hoy en día. ¿Tan poco hemos cambiado?

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Patricia Lanza

Vivimos tiempos complicados. Medio mundo anda revuelto y el otro medio, si no se revuelve es, en muchos casos, porque todavía mantiene cierta comodidad con su situación actual.

Seguramente no estemos en la peor época que ha vivido la Humanidad. Cuando echamos la vista atrás y analizamos las condiciones de vida que existieron nos damos cuenta que, probablemente, otros han pasado tiempos peores: condiciones insalubres, sistemas políticos autoritarios, esclavitud, etc.

Efectivamente, quizás se vivió peor, pero como todo ser humano tiende a buscar la mejora, no lo contrario, nos cuesta aceptar la situación actual.

Recientemente llegó a nuestros cines una película china sobre Confucio. Independientemente de las críticas, lo cierto es que trata sobre un personaje que hace reflexionar sobre el hecho de que las cosas, a pesar de todo, no han cambiado tanto como parece. Este hombre, que vivió del 551 al 479 a. C. no dijo prácticamente nada que, a día de hoy, no resultara útil poner en práctica. Y es el que ser humano es animal de costumbres (o de instintos), y no parece fácil hacerle cambiar.

Las claves del confucionismo residen en los comportamientos y relaciones con los demás. Independientemente del tipo de relación (con los gobernantes, con la familia, con los amigos...), ésta debe basarse en la rectitud, en la compasión y empatía, pero, sobre todo, en la ejemplaridad. "Un hombre debería practicar lo que predica, pero también debería predicar lo que practica", dice Confucio. Y esto, obviamente, es lo que nos falla.

En las relaciones en las que existe una figura que debería funcionar de modelo (gobernante, jefe, progenitor...) se esperaría que la simple ejemplaridad funcionara como sistema para inculcar comportamientos adecuados. Pero, ¿sucede esto habitualmente?

Fijémonos en nuestros políticos cuando, por ejemplo, nos piden que nos ajustemos el cinturón. ¿Ellos sirven de ejemplo? En el caso de los jefes, cuando piden implicación a sus colaboradores, ¿están siendo ellos los primeros en "arrimar el hombro"? Y los padres, cuando les dicen a sus hijos que no fumen, ¿lo hacen con un cigarrillo en la mano?

El "haz lo que digo, no lo que hago" es una mala política para conseguir el comportamiento deseado en los demás. Nos cansamos de hablar sobre motivación, sobre cómo conseguir el cambio en los demás, en la búsqueda de la mejora constante. Les pedimos que aguanten el chaparrón y que hagan esfuerzos, pero quienes tienen que dar ejemplo parecen inmunes a esas mismas peticiones. Y luego nos extrañamos de que se revuelvan o, en el mejor de los casos, que simplemente se queden sentados de brazos cruzados.

A la historia han pasado muchas frases de Confucio y es difícil elegir. Os dejo con alguna de ellas. ¿No podría haberlas dicho hoy?

 

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